La santidad en la Familia Paulina

23/04/2011 | Cooperador Paulino

 LA SANTIDAD EN LA FAMILIA PAULINA

La santidad no consiste en gestos extraordinarios, ni es un artículo de lujo reservado a unos pocos privilegiados; es más bien la vocación a la que todos hemos sido llamados. Siguiendo las huellas del Fundador, el beato Santiago Alberione, para los paulinos y paulinas la santidad es esencialmente configuración con Cristo Camino, verdad y vida, y por tanto ha de ser integral, dinámica y apostólica. 

En el Bautismo, los discípulos de Cristo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por tanto son verdaderamente santos. Desde el principio de su historia, la Iglesia ha celebrado siempre con especial veneración a los apóstoles y a los mártires, junto con la santísima Virgen María, y ha implorado su intercesión. A ellos se fueron añadiendo poco a poco todos los demás que imitaron más de cerca vida de Cristo y cuyo preclaro ejercicio de las virtudes cristianas y de los carismas divinos han suscitado la devoción y la imitación de los fieles (cf Divinus Perfectionis Magister, n. 1).

Todos estamos llamados a la santidad

El Concilio Vaticano II subraya con fuerza especial la llamada universal a la santidad. En la constitución Lumen gentium se dice que todos los fieles están invitados y obligados a tender a la santidad y a la perfección según su propio estado. El texto conciliar reacciona frente a una visión que hace consistir la santidad en gestos extraordinarios y en modos de actuar muy diversos de aquellos con los que acostumbra a manifestarse la vida de la mayoría de la gente normal, hasta el punto de considerarla como un artículo de lujo, patrimonio de pocos, motivo de admiración, sí, pero no modelo a imitar. A esta visión deformada, la Lumen gentium responde con toda claridad que todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, es decir, a la santidad (cf nn. 40-42).

Efectivamente, recibir el Bautismo significa querer ser santo, ponerse en el camino de la radicalidad del sermón de la Montaña: “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto” (Mt 5,48). En efecto, se trata de la realización más plena de esa dignidad del hombre que Jesucristo ha adquirido para nosotros haciéndose hombre y muriendo por todos en la cruz (cf Novo millennio ineunte, nn. 30-31). Luego, los caminos de la santidad son múltiples y acordes con la vocación específica de cada uno.

Desde esta perspectiva, los Beatos y los Santos son fieles en cuya vida la Iglesia descubre la constancia en la práctica de las virtudes hasta el fin, por lo que los propone públicamente como modelos de vida cristiana y como intercesores ante Dios.

La santidad paulina

Para la realización de su obra, el beato Santiago Alberione sintió desde el principio la necesidad de rodearse de personas capaces, pero sobre todo de personas santas, es decir, que viviesen la plenitud del desarrollo personal, que tiene su ideal en el modelo de Cristo. Por eso quiso poner como base de la formación paulina el altísimo ideal de san Pablo: “Hasta que Cristo se forme en vosotros”.

Ciertamente al beato Santiago Alberione no le faltaron pruebas, incluso muy duras; y sin embargo, en una ocasión confió a sus primeros jóvenes: “Sólo hay dos cosas que me fastidian: que yo no soy aún suficientemente bueno, y vosotros no sois todavía suficientemente santos. Estos dos son mis únicos fastidios, otros no tengo; todo lo demás no cuenta y viene de por sí” (Diario del beato Timoteo Giaccardo, 15 febbraio 1918).

La verdadera originalidad del Padre Alberione no estriba simplemente en haber adoptado los modernos medios de la comunicación para evangelizar, sino el haber puesto a la base de esta intuición una teología y una mística. Hablando del apostolado que se realiza en la dirección de las revistas paulinas, hace esta exhortación: “Oh sacerdotes scritores, escribamos después de la santa Misa, y hagámonos canales por los que la Sangre de Jesús pasa desde su Corazón, llena el nuestro, y per estar demasiado lleno se derrama sobre los lectores… Oh escritor sacerdote, ¡el fruto depende más de tus rodillas que de tu pluma!; ¡más de tu Misa que de la técnica!; ¡más de tu examen de conciencia que de tu ciencia!” (Vademécum, 1207).

En otro texto, donde habla del deber de ponerse a la vanguardia en el servicio a la Iglesia con un apostolado ciertamente fronterizo, concluye: “Persuadámonos de que en estos apostolados se requiere un mayor espíritu de sacrificio y una piedad más profunda. Intentos fallidos, sacrificios de sueño y de horarios, dinero que nunca basta, incomprensiones de muchos, peligros espirituales de todo género, perspicacia en la elección de los medios… Son necesarios santos que nos precedan en estos caminos no explorados todavía y a veces ni siquiera señalados. No es un trabajo de aficionados, sino de verdaderos apóstoles” (Vademécum, 959).

Esto se verifica en primer lugar en la piedad, fundamento de toda la formación y de toda la actividad del paulino. Ella lo pone en contacto con el Maestro divino presente en la eucaristía, que progresivamente lo hace “llegar a configurarse a la imagen del Hijo de Dios”. No hay que separarla de una sólida formación cultural, necesaria para poder desempeñar de forma adecuada el apostolado con los medios modernos, lanzados a un progreso cada vez más impresionante, que exige un esfuerzo continuo e inteligente para no correr el riesgo de caminar fuera del tiempo.

Lo que caracteriza con más evidencia la vida paulina es el “apostolado”, que, aun manteniendo en muchos casos el aspecto exterior de empresa y comercio, es en cambio una verdadera evangelización, y nos ricorda siempre que, por su propia naturaleza, la santidad paulina es santitdad apostólica. “Apóstol es quien lleva a Dios en su alma y lo irradia a su alrededor. Apóstol es un santo que acumuló tesoros y comunica de su abundancia, a los hombres. El Apóstol tiene un corazón encendido de amor a Dios y a los hombres; siéndole imposible comprimir y sofocar lo que siente y piensa… En frase de un escritor, el apóstol transpira a Dios por todos los poros  con sus palabras, obras, oraciones, gestos y actitudes; en público y en privado, en todo su ser. ¡Hay que vivir de Dios y dar a Dios!” (Vademécum, 960). 

Algunas notas características

Una de las convicciones del beato Santiago Alberione era que todo paulino (o paulina) debe ser sabio para iluminar, fervoroso para confortar, santo para estimular a la santidad: “Cuando no hay santos, el pueblo no sabe vivir el cristianismo, ya que los cristianos leen el Evangelio más en la vida de los santos que en el libro divino… Cuando hay santos, estos comentan con la vida los versículos del Evangelio… Los hombres de cada nación tienen necesidad de ver en los santos cómo se practica el Evangelio” (Vademécum, 975).

Es en la configuración con Cristo donde se hallan las raíces de la santidad auténtica. Las páginas más bellas del Padre Alberione sobre la santidad se refieren precisamente a este tema. El proceso de la santificación, según él, es esencialmente un processo de transformación en Cristo, un proceso de “cristificación”. El ideal consiste en poder llegar a decir con san Pablo: “Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Pero visto este ideal no como una meta lejana a conseguir con las propias fuerzas, sino como punto de partida, que exige del cristiano una coherencia para llegar a ser en la vida real lo que ya se es esencialmente por la gracia. Entendida de este modo, la santidad exige un alto nivel de correspondencia a la acción de la gracia. De aquí esta originalisima definición suya: “la santidad es la testarudez en el cumplimiento de la voluntad de Dios”.

La santidad es, pues, necesariamente dinámica. El Padre Alberione la ve realizada en san Pablo: “El santo no es un hombre acabado, una media conciencia que no sabe desarrollar su propio rol en la vida… Para san Pablo la santidad es la madurez plena del hombre, el hombre perfecto. El santo no se involuciona, sino que se desarrolla; no se para, sino que tiene como lema el proficiebat (“progresaba”, cf Lc 2,52). La santidad es vida, movimiento, nobleza, efervescencia…” (Vademécum, 685).

La santidad paulina es, además, integral. Sería impensable una santidad hecha sólo de oración, aunque fuera abundante y profunda, sin un esfuerzo de formación y de pobreza (entendida como entrega total de sí mismo), y sin una proyección efectiva en el compromiso apostolico; como es impensabile una santidad consistente en una actividad tal vez frenética, pero no apoyada en una sólida vida espiritual y sin la necesaria solidaridad y capacidad de colaboración que exige la misión paulina; como es impensable una santidad hecha de especulación, de grandes conocimientos y profundizaciones teóricas, si no están enraizados en una intensa vida de oración y orientados a la misión; y como sería impensable una santidad hecha de una vita común perfecta, pero estéril desde el punto de vista apostólico y misionero.

La santidad paulina es, finalmente, totalidad de entrega: “Todo el hombre en Jesucristo, para un total amor a Dios: inteligencia, volunad, corazón, fuerzas físicas. Todo: naturaleza, gracia y vocación, para el apostolado…” (Abundantes Divitiae, 100). “Todo: ¡esta es la gran palabra! Vuestra santidad depende de ese todo…” (ArGen/VRg. 213).

José Antonio Pérez